Relatos Íntimos: El Santa Claus paraguayo

Sábado de noche. Relámpagos gritaban en el cielo que una tormenta eléctrica estaba llegando. Los vientos resoplaban sistemáticamente trayendo consigo el aroma a tierra húmeda. Ese era el panorama mientras esperaba la Línea 11 para ir a tomar unas cervezas en la casa de unos amigos en Areguá.

Por fin llegó, era un bus convencional. Mala suerte, deseaba uno diferencial, porque el calor era sofocante a pesar de los vientos. Aboné los 2.400 al cansado y harto chofer que ni siquiera controló ya si el monto que le pasé era el correcto.

Al cruzar por el molinete, ese molesto guarda que enumera a los pasajeros, al instante veo a dos señores ebrios riéndose en una etílica complicidad. Conversando sobre quién sabe qué tema en un guaraní que, ante la dificultad de oratoria que naturalmente ocasiona el alcohol, estiraban las palabras hasta parecer incluso gruñidos de enojados perros que, acto seguido, comenzaban a reírse a carcajadas de la nada.

Uno de ellos llevaba un ñoño en la mano y un vaso de plástico en la otra. Me senté cerca de ellos, para escuchar lo que conversaban (sí, lo reconozco, no es muy educado que digamos), puesto que había olvidado mis auriculares y tanta algarabía resultaba muy contagiosa una vez que perdemos ese miedo infundado y prejuicioso a los borrachos ya que, entrada cierta edad, nos damos cuenta que detrás de esa euforia y ese humor etílico, se encuentran hombres que quizá tuvieron un día lamentable o, quizá, simplemente buscaban un poco de distracción luego de las labores cotidianas. Vaya uno a saber…

Mi viaje iba a ser largo, por tanto, tenía mucho tiempo para prestarles atención a estos dos personajes quienes, de repente, comenzaban a desearle una feliz navidad a los pasajeros que iban subiendo. Esto hubiese sido un gesto muy conmovedor, agradable y digamos que serio, si es que no estábamos ya el 04 de enero.

“¡Feliz navidad, hermano!” “¡Feliz navidad señorita!”, gritaban entusiasmados a los descolocados y asombrados pasajeros que imagino que nunca hubiesen esperado un recibimiento así en un transporte público.

No obstante, ellos continuaban saludando incluso a los transeúntes cuando el bus paraba en algún semáforo. Luego de cada deseo de felices fiestas, se hundían en una risa tan contagiosa que no pude contenerme yo mismo y me reí disimuladamente, porque la sobriedad nos hace tímidos y pudorosos.

Ya estábamos llegando a la altura del Shopping San Lorenzo, y transcurrieron quizá ya como media hora de haberme subido, y mis compañeros de bus continuaban deseando a todos una feliz navidad, además de cuchichear cosas en un guaraní ebrio que resultaba difícil de entender incluso para un guaraní parlante como yo.

Luego, a la altura del centro de Capiatá, se levanta el caballero del ñoño. Llevaba en el pecho un collar con varios cartones de telebingo y un chaleco de canillita. Trató de hacerse paso en el saturado pasillo con mucha dificultad puesto que la dosis exagerada de la “rubia” le robó el equilibrio.

A medida que avanzaba, el señor expresaba que “en la vida hay que perdonar siempre. Jafallá mimiro, jajeruré ara perdón siempre, ndovaléi nio ñañembuai” (en la vida hay que perdonar siempre. Cuando fallamos, debemos pedir perdón siempre, no debemos descomponernos). Repetía los mismo mientras se avanzaba en el pasillo tropezándose con los demás pasajeros, haciéndose paso cual conquistador español en las indómitas selvas.

Se bajó en las cercanías de la Academia Militar de Capiatá, deseando a todos una feliz navidad y diciendo que se debe perdonar y pedir perdón siempre, que reconocer nuestros errores es la clave para una mejor convivencia, mientras se dirigía con su fiel ñoño a una estación de servicio, probablemente para continuar su cita con la rubia.

Me reí durante el camino por sus formas cómicas, pero respeté bastante su filosofía etílica, y reconfirmó que hasta la persona que menos esperamos, por más escasos recursos que posea o como quieran llamarlo, nos puede enseñar algo que no sabemos o algo que necesitamos confirmar.

Fue un placer viajar con el Santa Claus de enero, quien apareció, muy ebrio y fuera de fecha, para dar cátedra ética a un bus repleto de gente cansada e indiferente.

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