Del Fracaso y otros Desencantos

Vivimos en una generación en la que si bien se ha tomado más conciencia respecto a la importancia de la salud mental, todavía hay gente que cuestiona y minimiza los problemas de gente que sufre cuadros depresivos. Esto es en gran parte por la absurda idea instalada en la mente de un porcentaje grande de la población de que quienes padecen depresión solamente son —o deberían ser— personas que han sufrido algún tipo de maltrato, abuso, que han perdido a una persona muy cercana, que viven en la miseria o pasaron por una experiencia traumatizante.

Es en ese momento cuando la situación empeora, cuando te toca atravesar una etapa depresiva y llega el momento de contarle a tus amigos o familiares el porqué estás así, tienden a hacer de menos tus motivos y a tratar de hacerte ver que las cosas no son tan malas como te parecen, que tenés mucho por lo cual estar agradecido y que no vale la pena afligirse por lo que les comentas.

Esto —lejos de ayudar— empeora totalmente la situación, porque la persona que atraviesa un episodio depresivo se siente impotente, inútil, poca cosa. Entonces, si esto es lo que piensa en gran parte de los casos, decirle que las cosas que lo tienen de esa manera son insignificantes y no valen la pena ¿No le hará sentir aún peor?

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Usemos al fracaso como ejemplo de detonante en una recaída a la depresión: El fracaso es algo a lo que todos estamos expuestos, a cada persona le toca pasar por eso en algún momento de la vida. El sentimiento de fallar en todo lo que te propones o todo lo que proyectas, es de los más duros que se pueden experimentar.

La serie de desilusiones que desencadenan en la caída al abismo depresivo pueden ser de cualquier tipo, profesional, amoroso, académico y cada uno de ellos va cavando más profundo. Esto desde luego refiriéndome a quienes no han vivido situaciones extremas como las que había mencionado más arriba. Me refiero a aquellos que no pasaron por estas cosas, esos que pueden ser considerados privilegiados, por el hecho de no haber atravesado experiencias densas; los que no carecieron de necesidades básicas como un techo, un plato de comida en la mesa, salud y educación. Y no necesariamente gente acaudalada, sino quienes pertenecen a una clase media estable.

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De igual manera, quiero ser aún más específico en cuanto al sector al cual apunto. Existe el miedo al fracaso, muchas personas no se animan a tomar riesgos o buscar la felicidad y la satisfacción por miedo a fracasar. Pero ¿qué pasa con aquellos que no le temen al fracaso?

No temer a fallar es un arma de doble filo, pues te ayuda a tener valor para intentar conseguir lo que te propones, ya sea pedir un ascenso en el trabajo, defender tu tesis, declararte a la persona que te gusta, animarte a subir al escenario y mostrar tu arte, abrir tu propio negocio y un etcétera que se vuelve infinito. Cuando resulta, es realmente maravilloso y a pesar de que no siempre resulte, al menos te animaste y confirmaste si podías o no con eso.

Pero, ¿qué pasa cuando no temes fracasar e intentas todo, pero nada te sale? Cuando tenés iniciativa y constantemente tomas riesgos para conseguir lo que querés y por momentos realmente sentís que lo estás logrando —o por lo menos que estás a un paso de ello— y acabas chocando estrepitosamente contra la realidad como si fuera un muro que te impide seguir avanzando, y aparte es una constante en todo lo que intentas… Es ahí cuando el fracaso empieza a afectar y a consumirte lentamente.

Cuando sos talentoso, habilidoso, capacitado, cuando contás con todo lo necesario para conseguir lo que sea que te propongas, pero aún así no lo logras incluso habiendo puesto todo de tu parte, es cuando arrancas a cuestionarte muchas cosas. Si ya puse todo de mí y no funcionó, ¿vale la pena seguir intentando? Si sencillamente lo que ofrezco no es apreciado o peor, es apreciado de sobremanera pero a pesar de eso no es aceptado entonces ¿cuál es el camino a seguir? Si soy tan bueno, ¿porqué no se quedan conmigo?

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Es precisamente en este punto en el que mucha gente comienza a padecer de episodios depresivos o sufre recaídas de cuadros anteriores. Es entonces cuando arranca la construcción de ese gran muro de protección alrededor, un escudo contra las situaciones que puedan agravar tu estado. Nos volvemos pesimistas. El pesimismo como bandera, busca prepararte para cualquier acontecimiento negativo, para cualquier fracaso. La imagen que tenés de vos mismo se deteriora, sos basura, sos poca cosa, sos insuficiente. Todo esto como mecanismo de defensa ante otro fracaso, porque con ese pensamiento ya esperas fracasar y como de todas formas era lo que esperabas, entonces el golpe es menos doloroso.

El fracaso te lastima, te hunde, hace que cuestiones todas tus decisiones… Te lleva —en muchos casos— a la depresión y la depresión es un espiral auto-destructivo que te consume y aleja a las personas a tu alrededor.

Es demasiado importante que entendamos como personas que la depresión puede atacar a cualquiera, de diferentes maneras y por distintos motivos. Y bajo ninguna circunstancia debemos hacer de menos esos motivos, porque de esa manera contribuimos a que la misma crezca.

Muchas veces quién está atravesando por un momento así de difícil no necesita realmente un consejo —mucho menos que lo juzguen— lo que necesita es que lo escuchen, saber que hay gente en su entorno que lo comprende y que estará allí cuando esté listo para hablar de lo que siente. Necesitamos escuchar más y «aconsejar menos».

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